Llevo días pensando sobre cómo escribir sobre los efectos del divorcio desde mi perspectiva de hija de padres divorciados. No sabía cómo empezar. Veo una entrevista a María Martínez en HM televisión, donde ella dice que seguimos asesinando niños, no solo con el aborto, sino también con el divorcio, porque matamos el amor. Exactamente, eso creo que pasa.

Mis padres se separaron cuando yo tenía 9 años, iba a 4º de EGB, y fue un proceso de separación muy duro y largo, que culminó cuando ya estaba terminando la carrera. Muchos años de juicios, de estrés, de enfrentamientos…

Por mucho que a un niño se le intente dejar al margen, los niños son como esponjas y entienden más de lo que los adultos solemos pensar. Y a veces, hablamos a medias, creyendo ilusamente que si no entienden lo que decimos no pensarán en ello. Pero si el niño sólo recibe la mitad de la información, su cerebro fabricará la otra mitad, que puede coincidir o no con la realidad, exactamente igual que nos pasa a los adultos y tantas veces se dan malos entendidos precisamente por esto.

El caso es que sin meterme a juzgar las razones, porque exceden el objeto de este artículo, pasé todos esos años sin apenas ver a mi padre. Llegó la adolescencia, y yo necesitaba un padre. Un padre que me quisiera. Porque si tu padre no quiere verte, si se dan muchas situaciones que se daban en mi vida, la conclusión lógica que yo sacaba era que mi padre no me quería. Y no puedo hablar por otros, pero yo creo que es fundamental para una chica tener la referencia del amor paterno. Porque la siguiente conclusión que saca la mente inmadura de una adolescente es que si mi padre no me quiere, cómo va a quererme un chaval que no me conoce.

Además, has visto cómo tu familia ha salido adelante no solo sin tu padre, sino “a pesar de”, así que piensas que el hombre, el varón, realmente no es necesario, es accesorio. Sin embargo, como cualquier chica de 15 o16 años, deseas amar y ser amada. Como dice María en su entrevista, yo ya estaba recibiendo mensajes del que susurra. “Nadie va a quererte nunca”. Aun así, yo buscaba el amor.

Con los años fui cometiendo equivocaciones, y alejándome de la fe que me había transmitido mi madre. No sabes cómo sucede. Pero entras en un círculo vicioso, y cada vez estás más perdido, te sientes incapaz de frenar esa rueda de desastres en la que se ha convertido tu vida. Yo rezaba, aún creía en Dios, pero me había fabricado uno a mi medida, para el que yo no hacía nada malo intentado ser feliz, ni siendo egoísta, claro, porque primero hay que quererse a uno mismo. No era culpa mía equivocarme siempre en el camino a la felicidad, pensaba yo. ¡Qué mala suerte!

Cuando conocí a mi marido, pasamos por varias dificultades que gracias a Dios superamos, y llegó el matrimonio. Por la Iglesia, yo siempre quise casarme por la Iglesia. A pesar de que hacía mucho que ya no creía en el amor para siempre. A pesar de que no me había molestado nunca en entender las cosas que mandaba la Iglesia. Me daba muchísimo miedo casarme, aunque siempre lo había deseado. Ahí descubrí que no confiaba en mí misma. No me sentía capaz de cumplir el compromiso de querer a nadie toda mi vida. Me había dedicado a destruir todas las relaciones que había tenido durante tantos años… con amigos, con novios… siempre destruyendo. Por las noches, cuando me iba a dormir y se hacía el silencio, me sentía aterrada.

Durante un tiempo, cada vez que había una dificultad, yo sentía el impulso de huir. Pero no lo hice. Y bendito mi marido que no dejó que pudiera con él, que no salió corriendo ante mis exabruptos de ira.

He visto amigos divorciarse por el camino, al principio yo misma les animaba una vez que habían tomado la decisión, incluso antes, pues pensaba que tenían derecho a ser felices y que eso era más importante para sus hijos que un matrimonio unido. Qué necia. No se es feliz si se considera que el amor es algo que satisface nuestros deseos egoístas. El otro tiene que querernos hasta el infinito, pero nosotros no tenemos ninguna obligación. Ahora entiendo que el amor es exactamente lo contrario. Yo he decidido quererte, me he comprometido a ello, y por eso tengo que amarte y tratar de hacerte feliz cada día, aunque tú no lo hagas conmigo. Qué difícil de realizar cuando se nos ha enseñado en dirección opuesta.

Aún me queda un largo camino por recorrer para poder decir que no quedan secuelas, no sé si lograré liberarme de esa ira que me acompaña y que hace tan difícil convivir conmigo. Pero sí he sido curada del miedo al amor. Porque a pesar de todas las veces que yo había fallado a Dios, a pesar de haberle “manipulado” para convertirlo en otra cosa, de haberle utilizado a mi antojo… siempre escuchó mis oraciones. Y una especialmente. Tratábamos de ser papás y el ansiado bebé no llegaba. Yo rezaba y rezaba… Una noche que rezaba con mucha angustia, le pedí que, si no podía ser, me enseñase a vivir con ello; sentí el abrazo de Dios y una enorme paz. Al poco logramos el ansiado embarazo. Y ese bebé, que ya tiene 9 años, fue cambiando cosas dentro de mí, fue haciendo preguntas… y ahí empezó un nuevo camino en mi vida. Cristo me rescató del pecado y del dolor, y me enseñó cuán grande es Su amor y cuán grande puede ser el amor entre los esposos, cuando es a imagen del suyo por la Iglesia. Y ya no tengo miedo, ya no me siento incapaz de amar, sino al contrario, cada día siento que amo más a mi marido, y que deseo amarle más aún.

Ahora sí veo a mi padre, y juega con sus nietas. Los niños tienen derecho a tener una familia unida y que los quiera, es fundamental para que puedan ser adultos sanos, con relaciones sanas, pues lo contrario genera baja autoestima, y ahora sí, el amor a uno mismo como egoísmo no, pero el amor a uno mismo como referencia de cómo amar al otro, es imprescindible. Ya lo dicen los mandamientos. Amarás al prójimo como a ti mismo.