Xavier_Novell_i_GomàMadrid, 18 septiembre 2013.- Monseñor Novell, Obispo de Solsona, ha tenido a bien conceder una entrevista a Catalunya Radio en la que ha afirmado entre otras cosas que «el derecho de las naciones es superior al bien moral de la unidad del Estado», y ha defendido que pueda llevarse a cabo una consulta en Cataluña. El prelado considera  que «antes que la unidad de España es más importante el derecho de los pueblos a decidir», y ha explicado que, a título personal, apoya el Pacto por el Derecho a Decidir.

La Asociación Enraizados responde a estas afirmaciones con los siguientes puntos:

a)      Monseñor Novell deja huérfanos de nación a la mayoría de los españoles. No entendemos por qué niega el carácter de nación a España en su conjunto. Porque si no lo hiciera no nos negaría la posibilidad de decidir sobre el futuro de España. Quizás para Monseñor Novell y para algunos otros, de forma voluntarista, el resto de españoles no residentes en Cataluña no somos sus connacionales, tenemos con ellos la misma relación que por ejemplo con los franceses o los portugueses y que un aragonés del pueblo de al lado a Lérida sea lo mismo que un ciudadano de Bélgica. Sin embargo  para la inmensa mayoría de los españoles, España es nuestra nación, quizás una nación de naciones si hablamos en términos culturales y no políticos si se quiere, pero no por ello menos nación. Y en este sentido nos sentimos tan connacionales con los catalanes como con los andaluces o los gallegos o los castellanos. Cuando el Obispo habla de un derecho a decidir de los catalanes nos quita al resto el derecho a decidir sobre nuestra nación. Nos la roba sin que podamos decir «ni mu».

b)      Llama poderosamente la atención que nuestro querido Obispo hable de un derecho a decidir que parece absoluto. ¿No hay criterios morales para tomar esa decisión? ¿No nos enseña la Doctrina Social de la Iglesia la existencia del Bien Común como objeto fundamental de la política y de sus decisiones? Y en este caso habrá que considerar el Bien Común de toda España y de todo el mundo incluso y no solo el interés o pura decisión de los que viven en Cataluña. ¿No existe tampoco el principio de solidaridad? En este sentido nos remitimos a nuestra Nota sobre los criterios morales para juzgar una secesión unilateral que adjuntamos a esta Nota.

c)       En las declaraciones de un Obispo debe esperarse una gran dosis de prudencia y de conocimiento así como de fundamento. Monseñor Novell ignora en sus respuestas las consecuencias de lo que afirma. En este sentido si ya es difícil gestionar el Ebro, la deuda pública y las finanzas, e incluso los mismos bienes de la Iglesia disputados por catalanes y aragoneses estando unidos ¿cómo cree que se gestionarían estos y otros problemas si cada uno egoístamente tiramos para nuestro lado? Las consecuencias serían impensables y desastrosas. La salida de Cataluña de la Unión Europea y el menor peso de lo que quedase de España en la misma tampoco son cuestiones baladíes.

d)      La Asociación Enraizados no alcanza a comprender cómo un Obispo puede posicionarse sobre un asunto temporal aunque sea a título personal. Es como si un Obispo dijera: se puede votar a cualquier partido acorde con las enseñanzas de la Iglesia o aquel que en conciencia se considere mejor o menos malo. Personalmente yo voto a tal partido. Creemos que Monseñor Novell no ayuda a la unidad cuando actúa de esta manera y deja huérfanos a muchos fieles y escandaliza a muchos más. La independencia de Cataluña es una cuestión que divide a los catalanes entre sí; los obispos y los que ejercen autoridad en la Iglesia deben ser muy prudentes para no echar leña al fuego de las divisiones.

e)      La soberanía de Cataluña y del resto de España pertenece al pueblo español en su conjunto. La legalidad vigente, que no es sagrada y puede reformarse, debe ser respetada como parte fundamental del Bien Común y en este sentido deben seguirse los procedimientos legítimos para su reforma.

f)       La historia de las distintas regiones y territorios de España es milenaria, con sus idas y venidas. Conviene conocerla en conjunto y no falsearla. Cualquier decisión política basada en la mentira o en la insolidaridad («nos roban, no son nuestros hermanos,…») no puede conducir a resultados positivos.

g)      La Doctrina de la Iglesia, como numerosas ocasiones ha recordado la Conferencia Episcopal Española y la Santa Sede, no ampara la secesión (que es lo que pretenden algunos en Cataluña) sino la libertad de los pueblos. Cataluña no está sometida ni sojuzgada ni ha sido invadida por nadie sino que cuenta con un gran grado de autonomía que por desgracia no se traduce en una subsidiariedad social que es lo que exige la Doctrina Social de la Iglesia

Para terminar traemos al final de este comunicado las palabras de Juan Pablo II dirigiendo su reflexión sobre el problema del independentismo lombardo en 1994 a los católicos italianos:

«…se trata de la herencia de la unidad, que, incluso más allá de su específica configuración política, consolidada a lo largo del siglo XIX, se halla profundamente arraigada en la conciencia de los italianos que, en virtud de la lengua, de las vicisitudes históricas y de la misma fe y la misma cultura, siempre se han sentido miembros de un único pueblo. Esta unidad no se mide por años, sino por largos siglos de historia… Me refiero especialmente a las tendencias corporativas y a los peligros de separatismo que, al parecer, están surgiendo en el país. A decir verdad, en Italia, desde hace mucho tiempo, existe cierta tensión entre el Norte, más bien rico, y el Sur, más pobre. Pero hoy en día esta tensión resulta más aguda. Sin embargo, es preciso superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros de separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada. Se trata de una solidaridad que debe vivirse no sólo dentro del país, sino también con respecto a toda Europa y al tercer mundo. El amor a la propia nación y la solidaridad con la humanidad entera no contradicen el vínculo del hombre con la región y con la comunidad local, en que ha nacido, y las obligaciones que tiene hacia ellas. La solidaridad, más bien, pasa a través de todas las comunidades en que el hombre vive: en primer lugar, la familia, la comunidad local y regional, la nación, el continente, la humanidad entera: la solidaridad las anima, vinculándolas entre sí según el principio de subsidiariedad, que atribuye a cada una de ellas el grado correcto de autonomía»