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Gracias al blog “Germinans germinabit” nos hemos podido hacer una idea de todos los campanarios catalanes que portan estos días la bandera independentista catalana. Justo estos días, entre el día de la fiesta catalana (que los nacionalistas quieren llamar nacional) y las elecciones del 27 de septiembre. Lo que demuestra que parte del clero y de los obispos de Cataluña quieren ser pastores solo de una parte de los fieles, es decir, de los que son nacionalistas, y no de todo el pueblo cristiano.

Escribe a los obispos catalanes: Sean pastores de todos y no solo de los nacionalistas

Esta actitud divide a los fieles y les demuestra a los que no son nacionalistas que ellos no tienen cabida en los templos con estas banderas. Solo Monseñor Romà Casanova se ha negado a que en Ripoll se pusiera una bandera nacionalista. Mientras, el resto de obispos catalanes se entregan a la ideología nacionalista.

No negamos que en otras iniciativas de sus respectivas diócesis estos obispos sean buenos pastores. Pero en este momento se están equivocando al tomar partido por una parte de la sociedad. La independencia de Cataluña es una cuestión que divide a los catalanes entre sí; los obispos y los que ejercen autoridad en la Iglesia deben ser muy prudentes para no echar leña al fuego de las divisiones.

La Doctrina de la Iglesia, como numerosas ocasiones ha recordado la Conferencia Episcopal Española y la Santa Sede, no ampara la secesión sino la libertad de los pueblos. Cataluña no está sometida ni ha sido invadida por nadie.

El Papa Francisco dijo que “la secesión de una nación sin un antecedente de unidad forzosa hay que tomarla con muchas pinzas y analizarla caso por caso”.

La Conferencia Episcopal española afirmaba en 2012: “Ninguno de los pueblos o regiones que forman parte del Estado español podría entenderse, tal y como es hoy, si no hubiera formado parte de la larga historia de unidad cultural y política de esa antigua nación que es España. Propuestas políticas encaminadas a la desintegración unilateral de esta unidad nos causan una gran inquietud. Por el contrario, exhortamos encarecidamente al diálogo entre todos los interlocutores políticos y sociales. Se debe preservar el bien de la unidad, al mismo tiempo que el de la rica diversidad de los pueblos de España”.

Por último, San Juan Pablo II dijo en 1994 a los católicos italianos: “…se trata de la herencia de la unidad, que, incluso más allá de su específica configuración política, consolidada a lo largo del siglo XIX, se halla profundamente arraigada en la conciencia de los italianos que, en virtud de la lengua, de las vicisitudes históricas y de la misma fe y la misma cultura, siempre se han sentido miembros de un único pueblo. Esta unidad no se mide por años, sino por largos siglos de historia… Me refiero especialmente a las tendencias corporativas y a los peligros de separatismo que, al parecer, están surgiendo en el país. A decir verdad, en Italia, desde hace mucho tiempo, existe cierta tensión entre el Norte, más bien rico, y el Sur, más pobre. Pero hoy en día esta tensión resulta más aguda. Sin embargo, es preciso superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros de separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada”.