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Monseñor Novell, Obispo de Solsona, origen de grandes y buenas iniciativas para su Diócesis y para la Iglesia en su conjunto, vuelve a las andadas y falsea las palabras del mismísimo papa Francisco o del Santo Juan Pablo II en la Carta que dirige a sus fieles titulada «Con el pueblo de Cataluña».

Las falsea porque sólo cita aquellas que pueden coincidir con su particular ideología, y decimos ideología y no pensamiento social cristiano o doctrina social de la Iglesia, porque este buen Obispo se deja vencer en este punto por su particular forma de entender la política y no por la suave Doctrina social católica.

Indica Novell:

«Hay quien considera que la Iglesia no tiene que hablar sobre este tema, pero el papa Francisco lo hizo en una entrevista el pasado mes de junio. Habló abiertamente de los procesos de independencia, distinguiendo entre las emancipaciones y las secesiones.

Identificó el proceso catalán como un intento de secesión y evitó calificarlo moralmente, aunque mencionó las condiciones en las cuales un proceso de este tipo sería obvio y justo».

Lo cierto es que se ha olvidado indicar que si bien el Papa elude entrar en un tema que afecta especialmente a los españoles no deja de indicar, en su vocabulario llano que una cosa son las emancipaciones de naciones (como los países de Hispanoamérica) y otra muy distinta una secesión. Y señala bien claro que si bien puede haber «casos que serán justos» (entre los que parece señalar el de Yugoslavia) hay otros que «que no serán justos» y que «la secesión de una nación sin un antecedente de unidad forzosa hay que tomarla con muchas pinzas y analizarla caso por caso». Esto de las «pinzas» se le olvida a nuestro querido Monseñor Novell. Una mínima prudencia invita a incluir dichas palabras salvo que el intento sea manipular las palabras de Francisco.

Aún peor es la manipulación del santo Juan Pablo II. Cuando este santo tuvo que pronunciarse en un caso concreto similar al de Cataluña con España, lo dijo claramente: no es legítima la secesión y evidentemente no existe un derecho superior y anterior de una parte de España a separarse unilateralmente del resto.

Se trataba del caso de la Padania e Italia:

“… Me refiero especialmente a las tendencias corporativas y a los peligros de separatismo que, al parecer, están surgiendo en el país. A decir verdad, en Italia, desde hace mucho tiempo, existe cierta tensión entre el Norte, más bien rico, y el Sur, más pobre. Pero hoy en día esta tensión resulta más aguda. Sin embargo, es preciso superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros de separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada. Se trata de una solidaridad que debe vivirse no sólo dentro del país, sino también con respecto a toda Europa y al tercer mundo. El amor a la propia nación y la solidaridad con la humanidad entera no contradicen el vínculo del hombre con la región y con la comunidad local, en que ha nacido, y las obligaciones que tiene hacia ellas. La solidaridad, más bien, pasa a través de todas las comunidades en que el hombre vive: en primer lugar, la familia, la comunidad local y regional, la nación, el continente, la humanidad entera: la solidaridad las anima, vinculándolas entre sí según el principio de subsidiariedad, que atribuye a cada una de ellas el grado correcto de autonomía”

También Novell desprecia el sentir absolutamente mayoritario de sus hermanos españoles. Ni siquiera lo cita. Quizás no quería hacer sangre. Pero es evidente que, como pasaba con Setién, el católico sencillo, aquel que espera de sus Obispos una palabra clara para poder seguir a Jesucristo, puede fácilmente escandalizarse ante las palabras de este joven Obispo.

Recordemos las palabras recientes del Magisterio de la Conferencia Episcopal Española que Novell desprecia pues él evidentemente sabe mucho más. En el reciente Documento ante la Crisis Solidaridad nuestros Obispos afirmaban recientemente (3 de octubre de 2012):

«Entre las formas de “caridad social para el fortalecimiento de la moral de la vida pública”, nuestra Asamblea Plenaria se refería en 2006, en la Instrucción pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España, a la que toca las relaciones entre los pueblos de España. Reconociendo, en principio, la legitimidad de las posturas nacionalistas verdaderamente cuidadosas del bien común, se hacía allí una llamada a la responsabilidad respecto del bien común de toda España que hoy es necesario recordar. Ninguno de los pueblos o regiones que forman parte del Estado español podría entenderse, tal y como es hoy, si no hubiera formado parte de la larga historia de unidad cultural y política de esa antigua nación que es España. Propuestas políticas encaminadas a la desintegración unilateral de esta unidad nos causan una gran inquietud. Por el contrario, exhortamos encarecidamente al diálogo entre todos los interlocutores políticos y sociales. Se debe preservar el bien de la unidad, al mismo tiempo que el de la rica diversidad de los pueblos de España. Adjuntamos a esta declaración los párrafos de la mencionada Instrucción pastoral en los que se explican estas exigencias morales, que hoy, en la delicada situación de crisis que nos afecta a todos, se presentan con particular urgencia».

Y en el Anexo recogían estos puntos tan claros:

Sobre los nacionalismos y sus exigencias morales

De: LXXXVIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española,
Instrucción Pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España
(23 de noviembre de 2006), números 70 – 76

70. Creemos necesario decir una palabra sosegada y serena que, en primer lugar, ayude a los católicos a orientarse en la valoración moral de los nacionalismos en la situación concreta de España. Pensamos que estas orientaciones podrán ayudar también a otras personas a formarse una opinión razonable en una cuestión que afecta profundamente a la organización de la sociedad y a la convivencia entre los españoles. No todos los nacionalismos son iguales. Unos son independentistas y otros no lo son. Unos incorporan doctrinas más o menos liberales y otros se inspiran en filosofías más o menos marxistas.

71. Para emitir un juicio moral justo sobre este fenómeno es necesario partir de la consideración ponderada la realidad histórica de la nación española en su conjunto. Los diversos pueblos que hoy constituyen el Estado español iniciaron ya un proceso cultural común, y comenzaron a encontrarse en una cierta comunidad de intereses e incluso de administración como consecuencia de la romanización de nuestro territorio. Favorecido por aquella situación, el anuncio de la fe cristiana alcanzó muy pronto a toda la Península, llegando a constituirse, sin demasiada dilación, en otro elemento fundamental de acercamiento y cohesión. Esta unidad cultural básica de los pueblos de España, a pesar de las vicisitudes sufridas a lo largo de la historia, ha buscado también, de distintas maneras, su configuración política. Ninguna de las regiones actualmente existentes, más o menos diferentes, hubiera sido posible tal como es ahora, sin esta antigua unidad espiritual y cultural de todos los pueblos de España.

72. La unidad histórica y cultural de España puede ser manifestada y administrada de muy diferentes maneras. La Iglesia no tiene nada que decir acerca de las diversas fórmulas políticas posibles. Son los dirigentes políticos y, en último término, los ciudadanos, mediante el ejercicio del voto, previa información completa, transparente y veraz, quienes tienen que elegir la forma concreta del ordenamiento jurídico político más conveniente. Ninguna fórmula política tiene carácter absoluto; ningún cambio podrá tampoco resolver automáticamente los problemas que puedan existir. En esta cuestión, la voz de la Iglesia se limita a recomendar a todos que piensen y actúen con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose por criterios de solidaridad y de respeto hacia el bien de los demás. En todo caso, habrá de ser respetada siempre la voluntad de todos los ciudadanos afectados, de manera que las minorías no tengan que sufrir imposiciones o recortes de sus derechos, ni las diferencias puedan degenerar nunca en el desconocimiento de los derechos de nadie ni en el menosprecio de los muchos bienes comunes que a todos nos enriquecen.

73. La Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la unidad política de España. Pero enseña también que, en este caso, como en cualquier otro, las propuestas nacionalistas deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada. Todos tenemos que hacernos las siguientes preguntas. Si la coexistencia cultural y política, largamente prolongada, ha producido un entramado de múltiples relaciones familiares, profesionales, intelectuales, económicas, religiosas y políticas de todo género, ¿qué razones actuales hay que justifiquen la ruptura de estos vínculos? Es un bien importante poder ser simultáneamente ciudadano, en igualdad de derechos, en cualquier territorio o en cualquier ciudad del actual Estado español. ¿Sería justo reducir o suprimir estos bienes y derechos sin que pudiéramos opinar y expresarnos todos los afectados?[37]

74. Si la situación actual requiriese algunas modificaciones del ordenamiento político, los Obispos nos sentimos obligados a exhortar a los católicos a proceder responsablemente, de acuerdo con los criterios mencionados en los párrafos anteriores, sin dejarse llevar por impulsos egoístas ni por reivindicaciones ideológicas. Al mismo tiempo, nos sentimos autorizados a rogar a todos nuestros conciudadanos que tengan en cuenta todos los aspectos de la cuestión, procurando un reforzamiento de las motivaciones éticas, inspiradas en la solidaridad más que en los propios intereses. Nos sirven de ayuda las palabras del Papa Juan Pablo II a los Obispos italianos: “Es preciso superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros de separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada”[38] por parte de todos. Hay que evitar los riesgos evidentes de manipulación de la verdad histórica y de la opinión pública en favor de pretensiones particularistas o reivindicaciones ideológicas.

75. La misión de la Iglesia en relación con estas cuestiones de orden político, que afectan tan profundamente al bienestar y a la prosperidad de todos los pueblos de España, consiste nada más y nada menos que en “exhortar a la renovación moral y a una profunda solidaridad de todos los ciudadanos, de manera que se aseguren las condiciones para la reconciliación y la superación de las injusticias, las divisiones y los enfrentamientos”[39].

76. Con verdadero encarecimiento nos dirigimos a todos los miembros de la Iglesia, invitándoles a elevar oraciones a Dios en favor de la convivencia pacífica y la mayor solidaridad entre los pueblos de España, por caminos de un diálogo honesto y generoso, salvaguardando los bienes comunes y reconociendo los derechos propios de los diferentes pueblos integrados en la unidad histórica y cultural que llamamos España. Animamos a los católicos españoles a ejercer sus derechos políticos participando activamente en estas cuestiones, teniendo en cuenta los criterios y sugerencias de la moral social católica, garantía de libertad, justicia y solidaridad para todos.

Por último ante una decisión tan trascendental el Obispo Novell no informa al menos de los criterios de doctrina social de la Iglesia que sus fieles pueden considerar para tomar una decisión justa sino que se limita a pedirles que defiendan «el bien de Cataluña». Se olvida nuestro querido Obispo, al menos, de los principios de solidaridad y de bien común que obligan a considerar a todos los afectados por esta decisión que como es fácil entender, no afecta solo a los catalanes.

Por todo ello te pedimos que mandes una carta a Monseñor Novell, para que rectifique su errónea Pastoral. El mensaje irá con copia a la Conferencia Episcopal, a su metropolitano Monseñor Pujol, y a la Nunciatura Apostólica para que subsidiariamente expliquen a los atónitos fieles cuál es la Doctrina que debemos profesar: la de los Papas recogida por la Conferencia Episcopal Española o la de Monseñor Novell.