bandera corea surEnrique Calicó, socio de Enraizados, nos cuenta (en diferentes capítulos) su experiencia en Eucaristías con diferentes comunidades católicas de Extremo Oriente. Aunque lejos en kilómetros, son hermanos nuestros en la fe. Desde Enraizados estamos especialmente preocupados por los cristianos perseguidos en China y otros países:

Cada año, una o varias veces, viajaba a Extremo Oriente por razones de trabajo. Y esto durante más de veinte años, hasta que mi edad me recomendó que lo dejara para la gente más joven de la empresa.

Los países más frecuentados eran Japón, Corea del Sur, Taiwán y China. Y esporádicamente, Hong Kong y Filipinas. Aprovechaba los domingos, días no laborables, para coger el avión y saltar de un lugar a otro. Y hacía todo lo posible para no perderme la misa dominical, que en algunos puntos era totalmente imposible, por eso me llevaba conmigo un librito de la “Misa de cada día” que me servía además poder seguirla a pesar de los diferentes idiomas de los que no entendía ni palabra, como es natural. Y voy a dar algún detalle de una misa por país.

SEUL, COREA DEL SUR.- País con abundancia de católicos. También de cruces luminosas rojas al anochecer de la multitud de capillas protestantes. Siempre recordaré mi primera misa en esa capital. Desde el hotel fui a pie a la Catedral católica, en Myung Dong. Era fácil según plano en mano, y no demasiado lejos. La temperatura exterior era de diecisiete grados bajo cero. Para mí, terrible. La iglesia estaba cerrada porque no había acabado la misa anterior, y la gente a medida que iba llegando, hacían cola, muy ordenada y silenciosa. Me puse a la cola soportando aquella temperatura frotándome las orejas y procurando respirar por la nariz. Era preciso esperar a que terminara la misa anterior, serían las seis menos cuarto de la tarde.

Cuando hubo salido toda la gente de dentro, entramos en procesión sin atropellos ni codazos. Me senté sin darme cuenta en la quinta o sexta fila de bancos centrales, al lado de un señor de edad avanzada, con americana y sin abrigo. Y digo eso porque la temperatura al interior de la iglesia debería rayar los cero grados. Para mí, también terrible. Aquel hombre, con los puños cerrados, y una devoción tremenda, solo ponía atención en lo que pasaba en el altar; ni se enteraba del frío reinante. Sentí vergüenza de mi mismo, apreté los puños y me entregué completamente a seguir la Santa Misa. Pronto ya no me di cuenta del frío, sino seguía la Eucaristía esperando el momento culminante de recibir a Jesús.

Después del ofertorio, unas señoritas, con el traje típico coreano, pasaron por los pasillos con unos enormes jarrones donde la gente depositaba su ofrenda, y puedo asegurar que no echaban la calderilla miserable que vemos en nuestro país, que en algunas partes como en Cataluña le han puesto el nombre de “escura botxacas” (Rebañar bolsillos). Me di cuenta que la gente era esplendida y contribuye al mantener a la Iglesia con sus gastos, escuelas, hospital, etcétera, en un país en que el nivel de vida, en aquellos momentos, era muy, pero que muy bajo.

También para ir a comulgar se mantuvo un orden perfecto desde el primer banco hasta el último. Ayudados, claro está, por los colaboradores, que iban dando la salida al banco de turno. El que lo deseaba podía comulgar con las dos especies bebiendo directamente de uno de los dos enormes cálices situados en las esquinas.

Destaco varias cosas:

  • la puntualidad. Cuando empieza la Santa Misa, las puertas de la iglesia se cierran, cosa que también pude comprobar en otras muchas ocasiones.
  • En cada misa la iglesia se llena a tope.
  • El orden y la devoción.
  • Y los preciosos cantos en los que todo el mundo participa.

Enrique Calicó