El 20 de diciembre de 1960, la Fundación Juan March compró el códice del siglo XIV que contiene el texto más antiguo del Cantar de Mio Cid para cederlo posteriormente al Estado Español.

El Cantar de Mio Cid es una obra escrita alrededor del 1200 por un autor desconocido, del cual podemos asegurar que vivía en la comarca de Burgos y que además de poeta tenía profundos conocimientos jurídicos. La copia de la cual hacemos referencia, fue escrita en 1307 por Per Abbat, a partir del original que estaba fechado en 1207. Este documento sufrió diversos avatares y cambió de dueño muchas veces, pero siempre se conservó en suelo hispánico.

La obra está inscrita dentro del género de los “Cantares de Gesta”, muy populares en la Edad Media y sobretodo en Francia, donde se escribieron relatos como el famoso “Chanson de Roland”. Sin embargo en nuestro caso, hay algunas características que lo diferencian de los relatos que se escribieron al norte de los Pirineos. Una de ellas es la lengua en que se escribió, castellano antiguo muy homogéneo, cuando en la literatura francesa se advierte la pugna entre lengua de oïl, origen de la actual francesa, y el occitano. Otra característica es la casi ausencia de elementos fantásticos o prodigiosos.

El Cantar de Mio Cid describe, ajustándose a la realidad histórica, la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, un noble castellano que, partiendo de una posición social elevada, aunque siempre subordinada a un poder real superior, conseguir arrebatar a los musulmanes de Valencia el control de una zona del levante español y administrarlo con independencia de los diversas poderes cristianos que pugnaban por abrirse paso hacia el sur de la península.

Hacemos hincapié en la gran diferencia con las otras obras que se escribieron durante este periodo en Francia y España. Aquí, Rodrigo Díaz de Vivar es representado como un personaje auténtico, con sus defectos, sus fallos y sus virtudes. Casi no hay ninguna referencia milagrosa o fantástica y todas las descripciones se ajustan a la realidad histórica, con la única excepción del pasaje de los Condes de Carrión.

En resumen, un personaje recio, sobrio y con grandes dotes de organización, que enlaza con otro personaje mucho más cercano en el tiempo, Juan March Ordinas, que también partiendo de una posición elevada, supo utilizar su capital financiero para preservar nuestras tradiciones, cultura y obras de arte.

Manuel de Francisco