Todos hemos visto en las películas americanas las guerras entre los “vaqueros” americanos y los indios apaches. En las películas, los americanos disponían de pistolas de repetición y rifles de largo alcance y sin embargo pasaban apuros para contener los ataques de los indígenas armados de arco y flechas. Estos hechos ocurrían a finales del siglo XIX. Pocos son conscientes que, cien años antes, los españoles se habían establecido en Arizona y que, con increíblemente reducidos medios humanos y tecnología del siglo XVIII, mantuvieron su presencia en estas salvajes tierras.

Hagamos una pequeña explicación de la situación de Arizona hasta el momento de la fundación de Tucson. Los españoles exploraron estas tierras en 1540. Fue la expedición de Vázquez de Coronado la que dio las primeras noticias de estos lugares y de sus habitantes. Desde entonces, el dominio español fue más bien nominal y la frontera real se situaba más al sur. Son unas tierras con pocas riquezas naturales, donde solo la ganadería permite una explotación económica exitosa, pero en donde unos belicosos indígenas (apaches, comanches y navajos) hacían muy difícil los asentamientos permanentes.

Con el paso del tiempo, algunas tribus locales se integraron en la nueva civilización, como por ejemplo los indios Pima, y formaron parte de la estrategia española en garantizar una frontera segura. Nunca hubo una colonización con elementos españoles, entre otras razones porque la demografía de la época no daba para muchas gestas. La parte militar estaba asegurada por los legendarios “dragones de cuera”, una especie de caballería pesada que normalmente actuaba en pequeños grupos, pero dotada de una gran movilidad y conocimiento del terreno. El escritor Alber Vázquez describe con mucha intensidad la capacidad de estas unidades militares.

El caso es que a finales del siglo XVIII, el monarca Carlos III decide impulsar la colonización de los territorios que hoy configuran California, Nuevo Méjico, Arizona y Texas para frenar el avance de los ingleses desde sus colonias del Atlántico. Todo ello con unos escasos recursos y ninguna fuente estable de emigrantes. En este contexto fue enviado Hugo O’Conor a fundar diversos presidios.

Tucson fue el que tuvo más éxito y el que recibió más ataques organizados por parte de los apaches. En poco tiempo pasó de ser un simple conjunto de edificios a una organizada área rectangular con dos torreones que llegaron a ser característicos de las instalaciones militares de la zona y fueron copiados por los americanos.

Bajo la organización española, Tucson se mantuvo firme frente a los ataques apaches. El presidio languideció bajo la organización mexicana y, para dar una idea de la dureza de la región, baste decir que las guerras y acciones militares de los estadounidenses (los vaqueros de las películas) contra los indígenas locales no acabaron hasta principios del siglo XX.

Hay que añadir también que la gestión española insistió en la sedentarización de las poblaciones autóctonas para mejorar su nivel de vida. Dejó a poblaciones locales, como los Pima, capaces de integrarse en las nuevas formas de vida. En contrapartida, los estadunidenses se limitaron a exterminar a las poblaciones que se les oponían y a relegarlos a reservas donde fueron languideciendo.

Manuel de Francisco

 

Fuentes: 

History of the original Presidio Real de San Agustín del Tucson

«Resiste Tucson» (Alber Vázquez)