El 11 de junio de 1594, Felipe II firmó una nueva ley, declarando que todos los honores y privilegios prehispánicos de los gobernantes filipinos fueran conservados y protegidos por las nuevas autoridades españolas. Una consecuencia de esta ley fue que las elites locales tuvieran un inmediato acceso al sistema educativo español y contribuyó por un lado a la preservación de las tradiciones prehispánicas y por otro a la consolidación y mejora de las condiciones locales de vida, al incrementarse el nivel educativo de las elites locales.

La organización tuvo un éxito total y se mantuvo durante toda la dominación española. Los descendientes de las antiguas noblezas filipinas, educadas en las universidades locales, en fechas tan tempranas como 1611 fueron los alcaldes y gobernadores que todavía ejercían su poder al final del siglo XIX.

Este tipo de organización no fue una excepción dentro del imperio español. De hecho, el decreto de Felipe II se incluyó posteriormente en la “Recopilación de las Leyes de los Reynos de Indias” formulada en 1680, durante el reinado de Carlos II.

Como hemos dicho anteriormente, todo el sistema se fundamentó en la extensión de la educación. Como prueba basta con decir que la Universidad de Santo Tomás (Orden de los Dominicos), situada en Manila, fue fundada el 28 de abril de 1611 por el arzobispo español Miguel de Benavides. Posee los estatutos de fundación más antiguos de toda las Filipinas. Es la universidad más antigua de Asia.

Tal vez el único imperio que creó una organización similar fue el británico en la península indostánica (India, Pakistan y Bangladés) en el siglo XIX, aunque fue muy posterior. Como de costumbre los españoles, fuimos los primeros.

Manuel de Francisco

Fuentes:

Principalía

Artículo del CSIC