Autor: Jesús Caraballo

Contrariamente al mito popular, la Iglesia era el mayor apoyo de la Ciencia. El objetivo de los cristianos devotos era acercarse a Dios y para comprender la mente de Dios tenían que estudiar Su Creación tanto como la Biblia. 

El mito de la Edad Media como un periodo oscuro para la razón y la ciencia forma parte de la ideología ambiente, que desacredita así a la fe católica, inspiradora absoluta de esos mil años de historia occidental. Solo a raíz de la Modernidad, liberada de ese lastre, los avances científicos se habrían disparado hasta su realidad actual.

Tom Gilson, apologista cristiano, propone en The Stream, una curva, representación

 idealizada de la historia de la ciencia entre el año 500 y el año 2000. Conforme a la creencia anti medieval, ofrecería un avance prácticamente nulo durante mil años, para empezar a remontar en el siglo que enmarcan dos figuras como Leonardo Da Vinci y Galileo Galilei, y despertar definitivamente a partir del siglo XVII a medida que la cultura se va despegando de la religión.

Pero ¿qué pasaría si esta visión hacia atrás del crecimiento exponencial de la investigación científica en la historia lo hiciésemos, no en el año 2000, sino en el año 1600, es decir, en los albores de ese periodo de «luces» en el que la Humanidad habría empezado a desperezarse de la siesta medieval? Entonces veríamos el despegue de la ciencia en torno al siglo XIII, considerada la centuria más esplendorosa de la Edad Media.

Estas dos curvas no demostrarían nada por sí mismas, ya que parten de un presupuesto irreal y es que, en la Historia, las cosas no suceden de acuerdo a leyes matemáticas sino, a impulsos de personas. Tampoco existe una forma totalmente satisfactoria de cuantificar y medir los avances científicos en unidades medibles.

Tom Gilson quiere poner en evidencia el error de perspectiva del envanecido hombre moderno, que mira con desprecio aquellos mil años. Y es que la realidad es que esa Edad Media fue, en realidad, una época floreciente, como se encarga de destacar en The Light Ages, unos «Tiempos de luz» que no serían, como quiere la denominación oficial, los del Siglo de las Luces. El texto aborda, como subraya el subtítulo, «la sorprendente historia de la ciencia medieval».

El hilo conductor de The Light Ages es la vida de un monje benedictino inglés, John de Westwyk (1350-1400), experto en el equatorium, un instrumento similar al astrolabio, que calcula la posición según los planetas, no según las estrellas.

Miniatura preliminar de una Biblia moralizada de «Dios como arquitecto del mundo», folio I verso, París ca. 1220-1230. Tinta, témpera y pan de oro sobre vitela 1 ‘1½ «× 8¼». Osterreichische Nationalbibliothek , Viena 2554. Dios da forma al universo con la ayuda de una brújula. Dentro del círculo perfecto ya creado están el sol y la luna esféricos y la materia no formada que se convertirá en la tierra una vez que Dios le aplique los mismos principios geométricos.

John de Westwyk (1350-1400)

Westwyk nació en una mansión cerca de la abadía de St Albans, la mayor de Inglaterra. En ella fue educado y profesó como monje, y se cree que allí murió. En 1383 fue movilizado para la cruzada promovida en Flandes por el obispo de Norwich, Enrique le Despenser, contra el antipapa Clemente VII. Pero lo más reseñable de su vida es su prodigiosa capacidad de estudio e investigación de las leyes de la Naturaleza y en particular del movimiento de los astros.

En 1955, Derek Price descubrió en Peterhouse, el más antiguo de los colleges de Cambridge, un manuscrito titulado El equatorium de los planetas con una completa explicación sobre dicho aparato. Inicialmente el texto se atribuyó a Geoffrey Chaucer, el autor de Los cuentos de Canterbury, atribución no descabellada porque aparecía su nombre en un margen y porque el gran poeta había escrito un librito sencillo sobre el astrolabio.

No fue hasta 2014 cuando la investigadora noruega Karie Anne Rand pudo corregir el error comparando la letra de ese manuscrito, con uno atribuible a Westwyk, a quien quedó asignada definitivamente la autoría de la obra.

Tirando del hilo de ese manuscrito y de las anotaciones al margen del propio monje, se obtiene una panorámica del pensamiento científico de aquella época, basado en la razón y la experimentación, no en el curanderismo ni la superstición, como pretende la leyenda negra anti medieval.

Conocemos sus técnicas médicas porque él vivió en el campo de batalla las infecciones y la disentería, abordados con las terapéuticas al alcance de los médicos de entonces. Conocemos sus sistemas de navegación con el pretexto de que el ejército al que Westwyk acompañó tuvo que cruzar el Canal de la Mancha para lanzarse al asalto de Ypres (hoy Bélgica). Y nos introducimos -Westwyk fue alumno en Oxford- en el mundo de las universidades europeas en la Edad Media, sedes del conocimiento donde se calcula que en tres siglos se formaron más de un millón de jóvenes.

Pero, sobre todo, el autor de The light ages detalla los cálculos astronómicos de Westwyk y sus instrucciones para el uso del astrolabio y del equatorium, el cual era prácticamente como una calculadora que permitía determinar la posición de los planetas, así como la fecha y la hora.

Este benedictino desarrolló métodos de cálculo sencillo para enfrentarse a sumas y restas hasta una cifra de 9.999 y a divisiones complejas que permitían operar con millonésimas partes del círculo. Así podía determinar la deriva infinitesimal de las constelaciones en sus recorridos celestiales observables, causada por su diferente distancia a la tierra, en periodos de decenas de miles de años.

Abiertos a cualquier saber

Pensar que personas acostumbradas a esta complejidad analítica, a esta precisión y a este respeto por los datos empíricos y a su análisis riguroso iban a creer que la Tierra era plana cuando había evidencias de lo contrario, o a rasgarse las vestiduras si alguien justificaba el paradigma heliocéntrico frente al geocéntrico es desconocer la Historia tal como sucedió en realidad.

Grabado de 1584, presunto retrato de Johannes de Sacrobosco

Johannes de Sacrobosco escribió en 1230 un tratado titulado La esfera, donde sostenía el carácter esférico de la Tierra, y calculaba con bastante precisión su distancia al Sol. Su aportación fue debatida con entusiasmo en las universidades medievales, que nacían precisamente en esa época, más de doscientos años antes de Nicolás Copérnico y más de trescientos antes de Galileo.

Los pensadores medievales eran abiertos a ideas viejas y nuevas, y copiaron y tradujeron sistemáticamente cuantas obras de valor conocieron procedentes de Grecia, Arabia o Persia. Había una irresistible tendencia de los medievales a rediseñar, mejorar y actualizar la tecnología.

La Ciencia, patrimonio monacal

Porque, más allá de las genialidades personales de Westwyk, lo relevante es que su trabajo se enmarcaba en una tradición. Sin ir más lejos, Richard de Wallingford, un antiguo abad de St Albans, había inventado a principios del siglo XIV el reloj astronómico más avanzado del mundo, instalado en una plataforma erigida en la abadía. Y todo esto porque consideraban que el estudio del mundo, esto es, de todo el cosmos creado, era un camino para la sabiduría moral y espiritual. Ni se les pasaba por la cabeza que ser monje pudiese ser incompatible con ser científico.

 

Richard de Wallingford (1292-1336) fue un matemático inglés que hicieron importantes contribuciones a la astronomía, astrología y relojería mientras servía como abad de la abadía de St Albans.

Contrariamente al mito popular, la Iglesia era el mayor apoyo de la Ciencia. No es difícil entender por qué. El objetivo de los cristianos devotos era acercarse a Dios, y la clave del plan divino, decían los teólogos, estaba escrita en dos libros: el libro de la Escritura y el libro de la Naturaleza. En otras palabras, para comprender la mente de Dios tenían que estudiar Su Creación tanto como la Biblia. Y donde la experiencia contradecía a la Escritura, los estudiosos cristianos no vieron la necesidad de interpretar literalmente las descripciones bíblicas. Muchos de los mayores nombres de la ciencia medieval eran monjes y frailes, y algunos como Robert Grosseteste y Thomas Bradwardine fueron obispos e incluso arzobispos».