Autora: María José Picazo Amil

Al trabajo continuo y abnegado de los antiguos monjes debemos beneficios en todos los órdenes de la vida: en el arte, en la literatura, en la beneficencia, en la paz, y hasta en la formación de las naciones, y de Europa en concreto. Sólo algunos ejemplos dignos de recordarse recogeré en este modesto trabajo.

1 Beato de Liébana 

2 Carlomagno

3 La Castilla del siglo X

4 Radegunda, Roswita y Guido

5 Gonzalo de Berceo

6 La Abadía de Cluny

7 Fray Ponce de León

8 Fray Benito Feijoo

9   Conclusión

Bibliografia


1. Beato de Liébana

Desde las montañas del norte de España, en torno al año 785, Beato de Liébana defendía la fe y nos legaba ese exquisito Códice Apologético, una maravilla de miniaturas iluminadas, de contenido profundo, que no se cansan de admirar todos los espíritus sensibles, propio de un cántabro del siglo VIII, reliquia preciosa para toda la humanidad.

2. Carlomagno

De la sencillez del claustro de Santo Toribio a la magnificencia de la Corte de Carlomagno: allí, los más sabios, los más doctos monjes y, entre ellos, formando La Academia Palatina, Alcunio, Dungal, Warnefrido, los españoles Agobardo y Teodulfo, está el primer “Renacimiento” de la cultura, las lenguas clásicas, la música, la orfebrería. 

Las bellas letras se divulgaban por Europa, calando en las gentes necesitadas de paz y conocimiento. Y bajo la protección del emperador Carlomagno nace la gran Abadía de San Galo, donde se cultivaron todas las artes de la tierra: arquitectos, músicos, pintores, decoradores, calígrafos…legado precioso para toda la historia.

3. La Castilla del siglo X

Siglo X. En la Castilla de Fernán González, se gozaba de tiempos de paz tras la recuperación de las tierras que se conquistaban a los musulmanes. Pero había que volver a empezar. Estaba la tarea de la repoblación: las familias acudían y, organizadas por los monjes, que, a su vez, regresaban o habían abandonado el Sur, se ponían manos a la obra.

 La tierra volvía producir, el trabajo esforzado y la organización crearon las villas y ciudades, y la vida resurgía bajo las suaves órdenes de estos monjes; y no dejaban nunca sus trabajos de copistas y miniaturistas; allí un Vigila, un Juan o un Sisebuto, con sus esculturas y miniaturas de sabor oriental en ocasiones, trabajando en Silos, en San Millán, en Albelda…. Ni lo duro y recio de los tiempos detuvo su labor. 

4. Radegunda, Roswita y Guido

En la biblioteca municipal de Poitiers, se conservan maravillosas miniaturas iluminadas del siglo IX, representando escenas de la vida de la gran Radegunda, la reina, y luego monja, esposa de Clotario, que, por su ejemplar conducta y amor al Evangelio, dio lugar a que se copiaran y representaran estas escenas que son tesoros llegados hasta nuestros días en muy buen estado. 

Y aquella monja, Roswita, que, en Alemania, en Gandersheim, la consideraban el ruiseñor del claustro. Sus maravillas composiciones musicales y la belleza de sus versos revolucionaron el mundo literario del siglo X, y hasta muchos siglos después fue imitada en el género dramático y el teatro. 

Con siete sonidos está compuesta toda la música, del mismo modo que con veinticuatro letras se escriben los libros”. Así hablada Guido, el inventor del arte musical del siglo X, monje en el Arezzo, cuya genialidad puso las bases ya inamovibles de la música moderna. 

5. Gonzalo de Berceo

En un escritorio de San Millán de la Cogolla, en el siglo XIII, pasó muchas horas el gran poeta Gonzalo de Berceo, monje en dicho Monasterio, completando estrofas, perfeccionando la cuaderna vía, y popularizando el román Paladino. 

Divulgador del castellano con su labor minuciosa y sencilla a los oídos de las gentes, le debe la lengua española mucho de lo armonioso y dulce que tiene. Gonzalo, el de Berceo, escribía por amor a la gloriosa Madre de Dios y al “Señor Santo Domingo”, a su “Criador”. Rimas de oro, tesoro de nuestra lengua escita en “roman Paladino en el cual suele el pueblo fablar a su vecino”, tal y como él mismo decía. 

6. La Abadía de Cluny

En el año 927, nacía en Francia, por iniciativa del Duque de Aquitania, Guillermo, la gran Abadía que sería centro de luz para todo el mundo, bajo la Regla del gran San Benito (ora et labora): Cluny. 

Durante dos siglos, sus abades fueron santos hombres que con dulzura y energía guiaros los pasos de cientos de monjes propagando y penetrando su espíritu a todos los rincones del cristianismo occidental, y aun más allá. 

El mundo comprendió que aquella institución era una nueva vida para él. Cluny lo impregnaba todo de una nueva conciencia más delicada y recta, más conforme con el orden y la justicia. Las violencias del mundo feudal se vieron atenuados por la valiente defensa de la verdad que ejerció Cluny. Su misión fue gloriosa; la regeneración de la Iglesia, y el bienestar moral y material de la sociedad civil. 

7. Fray Ponce de León

Fray Pedro Ponce de León era un humilde monje de San Salador de Oña. Siendo joven aun, conoció a cuatro hermanos del Condestable de Castilla, mudos de nacimiento. Aquel monje, compadecido de su dura situación –incluso la ley los declaraba incapaces para todo– comenzó a trabajar en un método de enseñanza para poder comunicarse. 

Pareció a sus contemporáneos  un prodigio su invento, porque ciertamente aquellos hombres, y luego otros muchos, consiguieron hablar algunos con claridad, leer, escribir, y ¡hasta cantar! Oña se convirtió en la primera escuela del mundo en enseñar esta materia, y desde el siglo XVI, aún se conserva la base del método de Fray Pedro. 

8. Fray Benito Feijoo

La “Enciclopedia de los siglos”, así han llamado muchos autores a Fray Benito Feijoo. Nacido en 1676 cerca de Orense, joven se hizo benedictino en la Abadía de Samos, el más antiguo monasterio gallego. 

Mente privilegiada, a los veintidós años era catedrático de los que innovaban, no en el fondo, sino en el sistema. El joven benedictino inició una autentica cruzada por la restauración de los estudios y, durante cuarenta años, la desarrolló en la Universidad de Oviedo.

A los sesenta años, comenzó a escribir su magna obra, El teatro crítico, cuya benefactora influencia aún se recuerda. Todos los campos del saber se beneficiaron de sus escritos: la medicina, la política, la filosofía, la física, la teología… Como un ciclón imparable iluminaba su tiempo sin pedantería y con gracia. Era una mente privilegiada al servicio del bien y la verdad.

A pesar de las envidias de sus enemigos, la verdad fue abriéndose paso; sus discursos se devoraban en España, y pronto, se leían por igual en Italia, Francia, Inglaterra y Alemania. Jamás quiso moverse de su monasterio de Oviedo. Rechazó todos los cargo y prebendas que se le ofrecieron, y gratuitamente entregó su ciencia para el bien de la humanidad. 

Fue un sabio universal, de inteligencia poderosa, y de un amor a la verdad que jamás retrocedió ante los mayores obstáculos. 

8. Conclusión

Ha habido tiempos en la historia en los cuales todas las estructuras humanas se derrumbaban. Todo aquello que parecía eterno se desplomaba…. Solo la Iglesia continuaba con su trabajo misionero, con su labor humanitaria, y especialmente, a través de los Monasterios preservaba la cultura y todos los logros que serían la base del renacer posterior. 

Bibliografía

  • Biblioteca de Autores Cristianos. (1943).
  • Perez de Urbel, J (1926). Semblanzas benedictinas.
  • Perez de Urbel, J. (1942). El Monasterio en la vida española de la Edad Media. 

Yepes, A. (1621). Crónica general de la Orden de San Benito.